Puedes ser tan legal
que no encajas
con lo que espera el mercado.
Ser competitivo, agresivo
no puedes cometer el error
de ser humano
tienes que pisar a tu hermano.
Pero hasta la criatura más insignificante
como la frágil araña
un hilo más fuerte que el acero teje.
Cuál sería el poder
de miles de seres, insignificantes
uniendo su fuerza contra las injusticias
contra las desigualdades.
Mientras ellos ahora se ríen
abusando en sus altos pedestales
de corrupción, poder y avaricia,
no voy a tener prisa,
porque un domingo los barrerá
una brisa de adiós
a sus ideales de codicia.
Ni mi voz ni la tuya escuchan
porque no gritamos a una,
dejamos que la desesperanza
se instale en la penumbra
esperando atraparnos en su inmundicia.
Los valores que transmiten
no son los adecuados,
engañados, callados, lo guardamos,
hasta que un torbellino nazca,
se forme con nuestros gritos
y arrase a su paso a quien
lo que en realidad persigue
es que vivamos enfrentados
por adorar al dios del dinero
de la envidia, la avaricia y el vicio.
Hay poemas que nacen en un momento concreto y, sin embargo, parecen escritos para el presente. Es el caso de “Puedes ser tan legal”, un texto publicado en 2018 dentro de mi poemario INSTANTONES, creado en una época marcada por profunda crisis políticas, sociales y económicas. Un poema que sigue interpelándonos ocho años después.
Los años han pasado, pero muchas de aquellas heridas siguen abiertas. Hoy, cuando la crisis de la vivienda vuelve a golpear con fuerza a tantas personas, el poema recupera una inquietante actualidad. La dificultad para acceder a un hogar digno, la creciente desigualdad y la sensación de que los intereses económicos pesan más que las necesidades humanas hacen que estos versos vuelvan a mi cabeza y resuenen de nuevo con una intensidad especial.
En el poema aparece una crítica clara a un modelo social que premia la competitividad feroz y la deshumanización. La voz poética denuncia una realidad en la que parece que ser buena persona, actuar con honestidad o mantener la empatía son defectos incompatibles con las exigencias del mercado. Frente a esa lógica, el poema reivindica precisamente aquello que algunos consideran una debilidad: la humanidad.
En el poema uno de los símbolos más poderosos es el de la araña que, siendo una criatura frágil y aparentemente insignificante, es capaz de tejer un hilo extraordinariamente resistente. Esa imagen nos recuerda que la verdadera fuerza no siempre reside en el poder económico o político, sino en la capacidad de muchas personas sencillas para unirse y actuar juntas contra las injusticias.
También menciona el silencio colectivo. Habla de quienes callamos, soportamos, observamos y seguimos adelante mientras la desesperanza intenta instalarse en nuestras vidas. Pero no se trata de una resignación definitiva. Bajo esos versos late una tensión creciente, la sensación de que quienes permanecen en silencio están a punto de estallar, de transformar la impotencia en una voz común capaz de cuestionar los abusos, la corrupción y la avaricia.
La esperanza aparece en una de las imágenes del poema: la llegada de ese domingo que barrerá con una “brisa de adiós” los ideales de codicia. Confieso que sigo esperando ese domingo. Sigo esperando el día en que la solidaridad prevalezca sobre el egoísmo, en que la dignidad de las personas esté por encima del beneficio económico y en que la justicia social deje de ser una aspiración para convertirse en una realidad.
El mensaje del poema sigue siendo necesario: no podemos permitir que nos mantengan enfrentados entre nosotros mientras las desigualdades crecen. Tenemos que unir nuestras fuerzas frente a tanta injusticia, recuperar los valores de cooperación, empatía y apoyo mutuo, y recordar que la suma de muchas voces es siempre más poderosa que el silencio de cada una por separado. Que los cambios empiezan cuando dejamos de considerarnos insignificantes y comprendemos que, juntos somos mucho más fuertes de lo que creemos.

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